InstaPan

14/05/2013

El cuidador de leones

El león es un mamífero de la familia de los felinos. La mayoría de ellos viven en la sabana africana, en zoológicos y otros lugares en cautividad.

El león es un animal de costumbres. No hay que alterarlo ni cambiarle las rutinas ya que eso podría ponerlo agresivo. Basta con darle de comer cada día a su hora, dejarlo a su aire y el animal estará feliz.


Como cada mañana el cuidador de leones entra en su lugar de trabajo y toma asiento a la espera del animal. LLeva en la mano izquierda un cubo con toda la carnada fresca del día. Algunos trozos pequeños para el principio y luego grandes piezas jugosas y grasientas. Justo como al león le gustan. 

Al principio, el león lo ignora, apenas una mirada. No tarda en acercarse. Olfatea al cuidador de leones con actitud desconfiada. Para entonces el cuidador de leones ya ha dejado una pieza de carne a la vista. El león no vacila y muerde la pieza. Levanta la cabeza, pero el cuidador de leones ya tiene el siguiente trozo listo en la mano. Lo alimenta. Le da de comer. Empieza por algo ligero. Un par de comentarios sobre los informes que realizó el día anterior. Entonces empieza con los trozos más grandes. El cuidador de leones le pregunta si ha visto llegar tarde al subdirector general. El leon ríe. Un par de comentarios más sobre el subdirector general, y el león ya está engullendo todo entre risas y sarcasmos. Clava sus uñas en el cubo metálico y sumerge la boca en el recipiente. Escupe su sarta habitual de comentarios y críticas sobre el subdirector general, mientras le se agitan los churretones de sangre que le cuelgan de la mandíbula. Al cabo de un rato se da por satisfecho y vuelve a su mesa, apenas a unos metros de la del cuidador de leones.

Así cada día en la oficina. Deja que se le acerque el león. Le da rienda suelta y escucha como escupe una nueva colección de improperios sobre el subdirector general hasta que se queda satisfecho y vuelve a su mesa. Si no lo hace, es posible que el león se quede con ganas. Esté hambriento, se vuelva agresivo y ataque al que tenga más cerca.


Por eso la mañana en que el subdirector general fue promovido a otra sede, el cuidador de leones se quedó sin nada con que alimentar al león.
Tuvo que ser rápido.


María no era mala persona, tampoco mala compañera de trabajo. Su único defecto fue estar de recepcionista a la vista de todos, expuesta a la vista del león y del cuidador de leones. No fue culpa suya. Había que alimentar al león.


*La imagen la tomé prestada de internet

13/04/2013

Ruido de fondo

En los bajos del número 82 de la calle República Argentina, el recepcionista pregunta en voz baja los nombres a las personas que van entrando y los tacha en la lista elaborada pre
viamente por la productora.  Diez hombres y diez mujeres esperan de pie en una sala tras pasar la mesa de recepción.


La habitación es rectangular. Tiene tres sillones muy anchos como de salita de espera de dentista sólo que aquí no hay revistas del corazón apiladas a los lados. Una chica con camisa blanca y aires de estar haciendo algo muy importante, la coordinadora, entra cada 15 minutos. Comprueba entre susurros que los candidatos tengan a mano el DNI, su "número", y las dos hojas grapadas con sus textos. Los primeros en llegar se han sentado en los amplios sillones y miran con condescendencia a los que están de pie, mientras todos murmuran y toman notas a lápiz sobre las hojas que sostienen.


A un lado hay una puerta muy gruesa que lleva a un pasillo. El pasillo tiene unos tres metros de largo con una puerta a un lado y finalmente la puerta más gruesa que se haya visto nunca, como de nevera, forrada de chapa metálica, con una palanca de hierro en vez de pomo. Es un estudio de grabación. Las paredes están forradas de placas de fibra que absorben cualquier eco. Dentro, se encuentra el técnico de sonido.  Está sentado frente a un gran panel con multitud de botones, diales y varios monitores. Pese a lo aparatoso de la mesa, lo que más utiliza es un teclado de ordenador cuyas teclas son todas de diferentes colores como si fueran una tabla periódica de elementos químicos.


En medio de la sala el director de doblaje no se quita los auriculares y mira atentamente uno de los monitores del fondo. Una puerta de cristal doble da acceso a la sala de grabación donde dos hombres y dos mujeres alrededor de un micrófono graban sucesivas tomas de una misma conversación frente a un atril. Es una conversación que tras grabarse varias veces y editarla se convertirá en ruido de fondo para una escena que sucede en un bar de una película estadounidense.


Graban varias veces la misma conversación con diferentes combinaciones de voces. Luego el técnico de sonido las superpondrá con diez segundos de diferencia aplicando efectos hasta dar la sensación de que el bar está muy lleno. De vez en cuando entra un chico desde la sala de al lado. Abre la “puerta de nevera” y le entrega dos folios al director. Es el guionista de las escenas de ruido de fondo. El director lee los folios, asiente y acto seguido la coordinadora reparte fotocopias de las nuevas líneas de diálogo.


El guionista de las escenas de ruido de fondo empezó escribiendo dramas cortos para revistas universitarias de teatro. Cuando acabó sus estudios de guión en una reconocida escuela de la capital estuvo varios años escribiendo obras de teatro que luego se representaban en teatros alternativos, salas menores, centros cívicos, casas okupas y bares de luz tenue con escenario al fondo. También participó en guiones para cortos dramáticos, cortos de animación, de cine fantástico, de cine gore hecho con bandejas de carne caducada que los supermercados tiraban y por supuesto, también escribió el guión de vídeos de 20 segundos que subían a youtube con la esperanza de despertarse al día siguiente con un millón de visitas. Por recomendación de un antiguo profesor se pasó al guión de doblajes. Una productora le daba un guión traducido en bruto de una película estadounidense y el tenía que pulirlo, corregirlo y ajustarlo para facilitar la incorporación de la nuevas voces. Con la crisis económica acabó colaborando con un pequeño estudio de grabación especializado en el ruido de fondo para películas de hollywood. Los grandes estudios de doblaje les enviaban las pistas de fondo vacías de las películas en las que ellos estaban trabajando. Generalmente era ruido para escenas de bares, restaurantes, canchas deportivas, invasiones en países de sudamérica y oriente medio, manifestaciones, y colas en las cajas de los supermercados. También había escenas del ruido de las conversaciones de fondo en un centro comercial mientras la pareja protagonista sube las escaleras mecánicas y la cámara les seguía haciendo un travelling.


El guionista de las escenas de ruido de fondo sigue escribiendo como hacía antaño. Escribe como le gustaba. Escenas de diálogos rápidos, donde los personajes se interrumpen y hacen comentarios irónicos mientras que sus silencios les delatan y llenan los finales de sus frases con gestos que el espectador apenas percibe. La diferencia es que ahora cuando tiene la historia entera la corta. La fragmenta, la desordena en pequeñas secuencias de quince frases que imprime en dos folios que el director de doblaje aprueba y luego leen veinte actores de doblaje distintos cuyas voces solaparán y modularan posteriormente Pero no le importa, su obra está ahí. Escondida.


Basta editar el ruido de fondo de la escena del bar en que la actriz rubia no para de reir. Amplificarlo, modularlo con varios filtros antiruido y reordenarlo cronológicamente con un pequeño flashback al inicio para escuchar los diálogos de su gran obra. La historia sobre el fin del mundo en la que un magnate de la soja chino, interpretado por los actores número "2", "7", "9" y "10", que está a punto de iniciar la cuarta guerra mundial, toma el té con una octogenaria, interpretada por las actrices número "13", "14","15" y "16", y hablan sobre la dificultad de resolver los sudokus de nivel avanzado.

17/02/2013

Mira en las esquinas

Every morning came
I don't like that you can hide in
We expect the same
Rebusca el dinero en su cartera cuando una ráfaga de aire frío le sorprende y nota aún más el tacto helado de las monedas. Con el frío de febrero todo el mundo ha decidido refugiarse en el cine escondido en cualquier lugar lejos de la calle.
Hey me watch the corners
Watch me cause I know what you've done
Así que mientras en el cine del centro comercial hay una cola considerable, las terrazas cercanas están vacías. Cuando han visto la cartelera, ninguna película les entusiasmaba especialmente, así que se han decido por una comedia fácil con aires de indie e historia entre personajes raros incluída.
Hey me watch the corners
Watch me cause I know what you've done
La película trata sobre un François, que tras agredir al amante de su mujer y sufrir un periodo depresivo vuelve a vivir en casa de sus padres. Determinado a tener una actitud positiva y recuperar a su mujer, el mundo de François se pone del revés cuando conoce a Audrée.
Hey me watch the corners
Watch me cause I know what you've done
A pesar de Audrée, François quiere recuperar a toda costa su mujer. En el proceso lee todos los libros de las clases que su mujer, profesora, imparte. El primero es “Por quien doblan las campanas” de Hemmingway cuyo final le desagrada muchísimo. Pero el que lee una y otra vez es otro de un recopilatorio de cuentos de un autor contemporáneo con el que François se identifica.
Hey me watch the corners
Watch me cause I know what you've done
Hay un cuento que trata de una pareja de amigos que van una tarde de invierno al cine. El cine está abarrotado de gente, por lo que al final se deciden por una película cualquiera. Hay cola. Mientras esperan para comprar su entrada bromean sobre los tópicos de esta clase de películas. 
Hey me watch the corners
Watch me cause I know what you've done
Empieza él: «Nunca suceden en verano. La gente va tapada y el viento agita las copas de los árboles» ríen «¡Otoño, otoño! la gente no se toma tan a pecho las cosas en verano» «Y luego está la canción... sí ya sabes» dice «es como esas comedias indies, que cuando el prota lo deja con su chica se engancha a una canción y la escucha una y otra vez» y siguen riendo.
Hey me watch the corners
Watch me cause I know what you've done
Hey me don't you know
Watch me cause I know what you've done



*La imagen la tomé yo mismo, aunque no le hagáis mucho caso es para que las entradas sean más visibles en el facebook.

19/01/2013

La maleta siempre preparada


De los muchos trabajos curiosos y creatívamente remunerados que he tenido, recuerdo con especial cariño uno que tuve hace ya unos cuantos años en la ciudad Alemana de Bremen.

Tras agotar mis últimas liras fui a parar a un callcenter . La empresa estaba en el edificio anexo de una fábrica a las afueras cerca de la parada de metro de Oyten. Las oficinas estaban en la tercera planta. Consistían en un pequeño recibidor, un despacho con dos mesas que tanto servían como recepción,administración, recursos humanos, salita de reuniones y sala de comer de los empleados. El director, por supuesto tenía su propio despacho. Un cuadrado situado allí en medio con las paredes acristaladas hasta media altura y con unas cortinas de aquellas de oficina, siempre abiertas en el punto estratégico.

Luego había un pasillo que atravesaba todo el piso y al final un cuarto de baño con dos retretes idénticos. A ambos lados del pasillo estaban los locutorios propiamente. Eran dos sala simétricas, idénticas, como si un espejo mediara entre ellas. Cada sala debía tener poco más de dos metros de ancho por veinte de largo. Dentro, los cubículos a cada lado de la habitación. Separados por paneles de madera, cada cubículo debía tener cerca de medio metro de ancho; el espacio justo para que cupiera el monitor de un ordenador, el teclado y un teléfono.

El único requisito para trabajar allí era tener un tono de voz amable y cumplir las cuotas. Era una empresa de televenta con la peculiaridad de que vendían casi cualquier cosa por teléfono. Para llegar a cuotas a partir del tercer día tenías que hacer una ventas totales diarias por valor de ciento cincuenta dirhams. El sueldo de los teleoperadores consistía en el 10% de lo que hubieran vendido ese día. El servidor marcaba números aleatóriamente y te tocaba empezar a hablar sin saber a quién o qué te dirigías. La dificultad residía en que tenías veinte segundos para decidir que artículo ibas a intentarle vender al incauto que hubiera descolgado el teléfono. La mitad de los nuevos caían rápido. Se pasaban la jornada intentado vender ordenadores de mil marcos para llegar a cuotas rápidamente. Los veteranos de lugar hacíamos lo contrario. Intentábamos vender productos de poco valor: baratijas, payasos de porcelana, toallas de su equipo de fútbol favorito, paquetes de macarrones a precios irrisorios, gafas de imitación, y solo cuando la cuota ya estaba cumplida íbamos a por cosas más grandes por el mero hecho de engordar aquel día nuestra comisión.

El equipo variaba mucho pero una vez superamos las tres primeras semanas nos dimos cuenta que había un grupo que siempre éramos los mismos. No diré que fuéramos muy normales, había que estar pasando por alguna clase de contratiempo para aceptar aquellas condiciones pero en general éramos majos. Primero estaba Thomas, un tipo muy prolífico que además de trabajar allí era un director de cine porno duro reconocido en los circuitos más exquisitos. Reflejo de la mala situación que estaba pasando toda la industria a causa de que cualquiera pudiera grabarse mientras lo hacía en la lavadora con teléfono móvil, cada vez rodaban menos profesionales y se encontraba allí seis horas al día para poder pagar el alquiler. Luego estaba André que en sus ratos libres escribía poesía-hiphop y realizaba perfórmances, la dulce Hansi, Marcus que cada año se presentaba a oposiciones de cualquier cosa que ofrecieran en el ayuntamiento, dos portuguesas que sólo hablaban portugués y tenían un trato con el jefe para llamar sólo a números de esa zona y Joseph. 

A primera vista, Joseph parecía uno de los muchos emigrantes turcos que había en la ciudad. Vestía un grueso abrigo de pana marrón, jersey de lana, zapatos y una maleta lona negra de la que nunca se separaba. Tenía un alemán fluido  como el de los alemanes de la baja Sajonia que sólo era capaz de reproducir mientras estaba al teléfono. Cuando no tenía el pinganillo puesto, su alemán era entrecortado, tímido, agramatical como el de cualquier otro inmigrante.

En general era poco hablador pero se notaba su esfuerzo por integrarse y pasar desapercibido. Solía llegar de los primeros a la oficina. Se esperaba en la puerta, de pie junto a los escalones de la entrada, mirando al cielo, las manos en los bolsillos y su maleta de lona negra a su derecha. Cuando hacíamos la pausa bajaba con nosotros. Nos preguntaba por la mañana, por cómo nos habían ido las ventas «¿Mañana bien? ¿Ventas bien?» y se quedaba a nuestro lado con su maleta a su derecha. Siempre su maleta.

Al principio uno no se fijaba pero poco a poco me di cuenta de la maleta. Joseph nunca se separaba de su maleta. Hiciera lo que hiciera siempre la llevaba consigo. Si alguna vez iba al lavabo, por supuesto se llevaba con la maleta. Si bajábamos a por a tomar un café era más probable que bajara sin abrigo a que lo hiciera sin su maleta. Siempre su maleta.

Un día lo comenté con André, que era quien Joseph más hablaba ya que cogían el mismo tranvía en dirección a las mil viviendas del sur. André ya había estado pensando en ello y tenía ganas de hablar. Lejos de lo que todo el mundo creía, me dijo, Joseph no era turco. Es más, estaba casi seguro Joseph no era ni su nombre, me dijo que había visto otro nombre escrito en el sobre con el cheque que nos entregaban al final del día. Creía que Joseph era alguna clase de exiliado político de algún país de Oriente Medio, Jordania, Siria, Palestina quién sabe. «¿Y lo de la maleta?» por si hay que salir corriendo me dijo. Seguramente en la maleta llevaba lo indispensable para estos casos. Una muda de ropa interior, calcetines, un jersey, un pasaporte falso, dinero en efectivo dólares o euros, una edición de bolsillo de "Un Mundo sin Fin", y un bote pequeño de gel de baño de esos de los que te dan en los moteles. André ya había conocido a algunos inmigrantes así. Los veías un día en la escalera y al día desaparecían sin despedirse. Era muy posible que Joseph fuera otro.

Después de esta conversación André y yo estuvimos haciendo bromas sobre el tema varios días. Un mediodía fuimos los tres a un café que habían abierto al otro lado de la calle. Solo sentarnos Joseph fue al baño y ya fuera por que se encontraba confiado, o por descuido, se dejó la maleta junto a la silla, a su derecha. Unos segundos después de irse hicimos alguna broma. Dijimos algo sobre el KGB y Osama Bin Laden, una cosa nos llevó a la otra y acabé cogiendo la maleta de Joseph. Era una maleta normal y corriente, no pesaba mucho, lona negra, costuras gruesas, cremalleras por doquier y cierres de plástico negro en click. No llegué a abrirla. Tampoco recuerdo si pensé en hacerlo, pero cuando la tenía entre mis manos pensé que estaba llena a conciencia. Fuera lo que fuese que había metido dentro Joseph lo había embutido y no quedaba ni un rescoldo de espacio vacío. André vio la puerta del baño a abrirse y dejamos la maleta donde estaba. Tratando de ponerla justo como estaba. Joseph no dijo nada, tampoco creo que se diera cuenta. Tomamos nuestros cafés y volvimos a la oficina. Fue cuando pasé mi tarjeta de fichar cuando me di cuenta de que Joseph ya no iba detrás de André. Durante la tarde asome varias veces la cabeza fuera de mi cubículo pero no vi su espalda. Tampoco le vi irse con André al acabar la jornada. Al día siguiente no vino y cuando pasados varios días le pregunté a nuestra administrativa ,Irma, por él, me dijo que había llamado hacía cosa de dos días diciendo que no vendría más a trabajar.

Pasados unos meses conseguí ahorrar lo suficiente y me fui de aquella oficina. No volví a ver a Irma, ni a cualquiera de los que estábamos allí y por supuesto nunca más volví a ver a Joseph.


20/12/2012

El fin del mundo

La mañana del veintiuno de diciembre, sale un ronroneo suave del cincuenta y tres de la calle Gibraltar. Es un caserón como los del resto de la calle, «de los del casco antiguo». Cuando murió el abuelo Miguel Angel hace unos años hicieron reformas en la casa. Pusieron un plato ducha inmenso, tan grande que uno podría aparcar un minicooper si quisiera, arreglaron la cocina y dividieron la vivienda en dos. En la parte superior dejaron un pequeño apartamento de dos habitaciones que tiene alquilado una joven pareja. En el piso inferior siguió viviendo la abuela.

A Josefina Calleja nunca le ha gustado escuchar música. Lo suyo siempre ha sido la radio. Tiene un aparato analógico a pilas que sintoniza la misma emisora desde el día que se la regaló su hija. Ahora el transistor está encima del mármol en un extremo de la cocina. Josefina Calleja lleva puesto un delantal, debajo una bata de "guate" y unas gruesas zapatillas de andar por casa de lana con la suela de goma. En una sartén fríe cebolla a fuego muy lento mientras desmenuza con unas tijeras varias piezas de pollo de un caldo del día anterior. Suena el crepitar del aceite con la cebolla y se confunde con el sonido de la radio. Un leve zumbido metálico como de estropajo contra el fondo de una olla. Del piso de arriba no se oye nada, aún no se han levantado piensa. Cuando la cebolla ya lleva unos minutos, añade la harina, luego la leche sin dejar de remover. Poco a poco, hasta obtener una bechamel muy espesa en la que vierte el pollo. 


Después de dejar reposar la masa resultante durante unas horas, coge una cuchara. Con cuidado arranca porciones de masa que emborriza en un plato llano con pan rallado. Hace rodar la masa sobre el pan de un lado a otro. Ahora a la izquierda, ahora a la derecha. Y una pausa. Luego sus dedos vuelven a hacer el recorrido inverso y la pasta rueda sobre sobre sí misma. Y de nuevo la cuchara. Ocasionalmente junta las dos manos y les acaba de dar forma, izquierda, derecha, así a lo largo de todo el lecho.Josefina Calleja oye el timbre. Por la hora debe ser su nieto. Entra corriendo.
- Abuela, abuela - dice el niño. - ¿Pero qué haces, si es el fin del mundo?
Josefina Calleja no duda, no tiene ninguna prisa, y responde rotunda:
- Croquetas.




*Este cuento forma parte del evento que organizó Acuática con motivo del fin del mundo, mi agradecimiento por invitarme y a picarme a escribir, últimamente me cuesta encontrar el momento. Gracias. Más información, aquí (ver enlace).

*Dejo aquí un link para una receta de croquetas más elaborada (ver enlace).

01/12/2012

ALGUNAS PECULIARIDADES DE LOS OJOS*

«Descubrí por puro accidente que la Tierra había sido invadida por una forma de vida procedente de otro planeta. Sin embargo, aún no he hecho nada al respecto; no se me ocurre qué. Escribí al gobierno, y en respuesta me enviaron un folleto sobre la reparación y mantenimiento de las casas de madera. En cualquier caso, es de conocimiento general; no soy el primero que lo ha descubierto. Hasta es posible que la situación esté controlada.

Estaba sentado en mi butaca, pasando las páginas de un libro de bolsillo que alguien había olvidado en el autobús, cuando topé con la referencia que me puso en la pista. Por un momento, no reaccioné. Tardé un rato en comprender su importancia. Cuando la asimilé, me pareció extraño que no hubiera reparado en ella de inmediato.


Era una clara referencia a una especie no humana, extraterrestre, de increíbles características. Una 

especie, me apresuro a señalar, que adopta el aspecto de seres humanos normales. Sin embargo, las siguientes observaciones del autor no tardaron en desenmascarar su auténtica naturaleza. Comprendí en seguida que el autor lo sabía todo. Lo sabía todo, pero se lo tomaba con extraordinaria tranquilidad. La frase (aún tiemblo al recordarla) decía:

... sus ojos pasearon lentamente por la habitación. 

Vagos escalofríos me asaltaron. Intenté imaginarme los ojos. ¿Rodaban como monedas? El fragmento indicaba que no; daba la impresión que se movían por el aire, no sobre la superficie. En apariencia, con cierta rapidez. Ningún personaje del relato se mostraba sorprendido. Eso es lo que más me intrigó. Ni la menor señal de estupor ante algo tan atroz. Después, los detalles se ampliaban.
 

... sus ojos se movieron de una persona a otra. 
Lacónico, pero definitivo. Los ojos se habían separado del cuerpo y tenían autonomía propia. Mi corazón latió con violencia y me quedé sin aliento. Había descubierto por casualidad la mención a una raza desconocida. Extraterrestre, desde luego. No obstante, todo resultaba perfectamente natural a los personajes del libro, lo cual sugería que pertenecían a la misma especie.

¿Y el autor? Una sospecha empezó a formarse en mi mente. El autor se lo tomaba con demasiada tranquilidad. Era evidente que lo consideraba de lo más normal. En ningún momento intentaba ocultar lo que sabía. El relato proseguía:
 

... a continuación, sus ojos acariciaron a Julia.
 

Julia, por ser una dama, tuvo el mínimo decoro de experimentar indignación. La descripción revelaba que enrojecía y arqueaba las cejas en señal de irritación. Suspiré aliviado. No todos eran extraterrestres. La narración continuaba:... sus ojos, con toda parsimonia, examinaron cada centímetro de la joven.
 

¡Santo Dios! En este punto, por suerte, la chica daba media vuelta y se largaba, poniendo fin a la situación. Me recliné en la butaca, horrorizado. Mi esposa y mi familia me miraron, asombrados.¿Qué pasa, querido? Preguntó mi mujer. No podía decírselo. Revelaciones como ésta serían demasiado para una persona corriente. Debía guardar el secreto. Nada respondí, con voz estrangulada. Me levanté, cerré el libro de golpe y salí de la sala a toda prisa.

Seguí leyendo en el garaje. Había más. Leí el siguiente párrafo, temblando de pies a cabeza:
 

... su brazo rodeó a Julia. Al instante, ella pidió que se lo quitara, cosa a la que él accedió de inmediato, sonriente.

No consta qué fue del brazo después que el tipo se lo quitara. Quizá se quedó apoyado en la pared, o lo tiró a la basura. Da igual en cualquier caso, el significado era diáfano.

Era una raza de seres capaces de quitarse partes de su anatomía a voluntad. Ojos, brazos..., y tal vez más. Sin pestañear. En este punto, mis conocimientos de biología me resultaron muy útiles. Era obvio que se trataba de seres simples, unicelulares, una especie de seres primitivos compuestos por una sola célula. Seres no más desarrollados que una estrella de mar. Estos animalitos pueden hacer lo mismo.
 

Seguí con mi lectura. Y entonces topé con esta increíble revelación, expuesta con toda frialdad por el autor, sin que su mano temblara lo más mínimo:
 

... nos dividimos ante el cine. Una parte entró, y la otra se dirigió al restaurante para cenar. 
Fisión binaria, sin duda. Se dividían por la mitad y formaban dos entidades. Existía la posibilidad que las partes inferiores fueran al restaurante, pues estaba más lejos, y las superiores al cine. Continué leyendo, con manos temblorosas. Había descubierto algo importante. Mi mente vaciló cuando leí este párrafo:
 

... temo que no hay duda. El pobre Bibney ha vuelto a perder la cabeza. 
Al cual seguía:
 

... y Bob dice que no tiene entrañas. 
Pero Bibney se las ingeniaba tan bien como el siguiente personaje. Éste, no obstante, era igual de extraño. No tarda en ser descrito como:
 

... carente por completo de cerebro.

El siguiente párrafo despejaba toda duda. Julia, que hasta el momento me había parecido una persona normal se revela también como una forma de vida extraterrestre, similar al resto:


... con toda deliberación, Julia había entregado su corazón al joven.


No descubrí a qué fin había sido destinado el órgano, pero daba igual. Resultaba evidente que Julia se había decidido a vivir a su manera habitual, como los demás personajes del libro. Sin corazón, brazos, ojos, cerebro, vísceras, dividiéndose en dos cuando la situación lo requería. Sin escrúpulos.


... a continuación le dio la mano.
 

Me horroricé. El muy canalla no se conformaba con su corazón, también se quedaba con su mano. Me estremezco al pensar en lo que habrá hecho con ambos, a estas alturas.
 

... tomó su brazo.
 

Sin reparo ni consideración, había pasado a la acción y procedía a desmembrarla sin más. Rojo como un tomate, cerré el libro y me levanté, pero no a tiempo de soslayar la última referencia a esos fragmentos de anatomía tan despreocupados, cuyos viajes me habían puesto en la pista desde un principio:
 

... sus ojos le siguieron por la carretera y mientras cruzaba el prado.
 

Salí como un rayo del garaje y me metí en la bien caldeada casa, como si aquellas detestables cosas me persiguieran. Mi mujer y mis hijos jugaban al monopolio en la cocina. Me uní a la partida y jugué con frenético entusiasmo. Me sentía febril y los dientes me castañeteaban.
 

Ya había tenido bastante. No quiero saber nada más de eso. Que vengan. Que invadan la Tierra. No quiero mezclarme en ese asunto.
 

No tengo estómago para esas cosas.»

*DicK, Phillip K., Peculiaridades de los ojos «The eyes have it» [ 13 de mayo de 1953], en Science Fiction Stories, número 1 (1953)

** La historia evidentemente no es mía, me la encontré esta mañana. Es la clase de relato que me gusta leer y escribir. Por eso sólo pude mas que reproducirla aquí. Decía Javier Aparicio(ver enlace) « ¿Expliquen la infuencia de Víctor Pérez en Philip K. Dick?» y la pregunta sería válida.

16/09/2012

En calle Terol hay una jaula de dinosaurios

Es lunes. Mateo tiene cuatro años cuando va cogido de la mano de su padre. Caminan por la calle Ramón y Cajal en dirección a su colegio situado unas cuantas calles más abajo. Mateo lleva en la otra mano una bolsita de tela cuadriculada con un pequeño bocadillo, dos yesca de pan untadas en paté de finas hierbas, cuando al cruzar la calle Terol se paran en seco para esquivar a un ciclista y levanta la cabeza. De el edificio del final de la plaza sobresalen unas vallas metálicas, intercaladas con chapas de un plástico verde.
- ¿Qué es eso Papá? - pregunta señalado el edificio con la bolsita del almuerzo. - Una jaula, una jaula para dinosaurios. Mateo no dice nada y siguen caminando hasta la escuela.
La mañana siguiente Mateo cogido de la mano de su padre se dirige de nuevo al colegio. Al acercarse a la calle Terol, levanta la mirada, entrecierra los ojos, y observa la azotea del edificio del final de la plaza.
- Pon el oído- le dice su padre
- ¿Oyes el Tiranosaurio?
Mateo presta atención. Al principio no escucha nada y de golpe un estruendo, un rugido, un aullido desgarrado, un ser de otro tiempo que arrasa los tímpanos de todos los que se encuentran en la calle. Mateo y su padre siguen calle abajo, mientras escuchan los alaridos de los dinosaurios que luchan por liberarse de su jaula en la azotea del edificio del final de la calle Terol.
El miércoles Mateo y su padre pasan como de costumbre por la calle Terol. Entonces el padre de Mateo tiembla, tropieza y da unos saltos. Mateo le imita, le tiemblan las piernas y da saltos. Es un terremoto, los dinosaurios, se han escapado y en su huida producen un seísmo que hace crujir toda la calle.
El jueves de camino al colegio, notan la calle distinta. Desde que los dinosaurios se escaparon, merodean sueltos por el barrio y se ocultan detrás de cualquier semáforo acechando palomas, gatos callejeros y personas. Con el rabillo del ojo Mateo, es capaz de ver a varios de ellos escondidos de cuclillas detrás de un contenedor de la basura, también ve a otro volando entra las alas de las palomas. El padre de Mateo le señala un gran dinosaurio de cuello alto que se esconde en el perfil de una farola. Mateo ríe de sus esfuerzos por esconder su cola.
Es viernes. Mateo va cogido de la mano de su padre. Caminan a por la calle Ramón y Cajal en dirección a su colegio. Los dinosaurios siguen campando por el barrio, ya no se esconden. Caminan en todas direcciones y saludan a los camareros que esa hora montan las terrazas de los bares. También hay un cuellolargo cuya cabeza sobresale entre los tendederos de un edificio cercano a donde antes tenían su jaula. Mateo y su padre le observan, ríen de cómo se le enreda el cuello entre las sábanas, no oyen el Tiranosaurio que avanza a gran velocidad desde el fondo de la calle hacia ellos mientras cruzan la calle.

*tanto la foto, como los "retoques", como todo lo que se ve es cosa mía.

24/06/2012

LOS SUPERPODERES

Supermán, entra en el bar.
«BLA, BLA, BLA, CLIN, CLIN, BLA, BLA, BLA, CHAS»
Ha quedado con Aquamán, Batman, el Hombre Niquelado y el Hombre-Tromba para tomar unas cervezas. Superman en realidad es inmune al alcohol pero le da igual. A veces la única manera que uno tiene de sentirse como un tipo normal, es tomar una cerveza entre tíos que son tan anormales como tú. El bar es uno de esos locales típicos de las grandes ciudades. Mesas redondas y camareros con camisa blanca y chaleco rojo. Antes permitían fumar y siempre había una niebla que hacía difícil reconocer una cara. Ahora, para compensar los efectos de la nueva ley antitabaco han puesto una iluminación muy tenue. El servicio y la carta siguen no han variado.
Batman ya está sentado. Bebe una pinta sin perder su mueca como de enfadado con el  mundo. «GLOP». Hace calor en el bar y Batman se debe estar cociendo debajo de tantas capas de kevlar y plástico. Supermán puede ver como las gotas de sudor de su barbilla se juntan con las de la condensación del cristal de su cerveza.
A su lado Aquamán está mucho más cómodo. Se dedica a crear remolinos en el gintónic de una rubia que hay dos mesas más al fondo sentada con su novio. «FOOSH»
El último en llegar es el Hombre-Tromba, HT para los periodistas locales. «VROOM». Batman ve reflejado en la frente del Hombre Niquelado como entra en el bar. El Hombre-Tromba cierra la puerta tras de sí con tal fuerza que astilla el marco en mil pedazos. «KRAKASHH». Busca a sus compañeros enmascarados mirando hacia todos los lados. Los reconoce sentados en una mesa redonda. Llevan sus uniformes: la capa rojo púrpura de Supermán, la capa ceniza de Batman, el traje de escamas turquesas de Aquamán, y el Hombre Niquelado que parece una bola de discoteca pasada de esteroides. Se dirige hacía ellos y en su segundo paso oye un sonido como de callos con morcilla chafados «BLROOP» acompañado de un grito desgarrador del hombre al que le acaba de aplastar el pie. «AAAAAAARGHHHHH» Se disculpa brevemente y retoma el paso con energía, mientras el hombre gime y coge el muñón sangriento en el que se ha convertido su pie. La capa del Hombre-Tromba ondea dentro del local, se siente poderoso luciendo su emblema rodeado de civiles. La H devuelve los brillos del Hombre-Niquelado y nota como todo él se hincha pletórico, sus pensamientos son interrumpidos por el sonido de cristal roto. Su capa ondeante ha tumbado la bandeja con bebidas de uno de los camareros.«KLKLCRASHH» Cuando arrastra la silla y una de las patas de madera sale disparada hacia el techo. «WJOMP» Sus compañeros defensores del bien detienen sus conversación y le miran fijamente. El hombre tromba coge otra silla y consigue acomodarse.
- Lo siento, es que últimamente no sé que me pasa - se disculpa - Creo que mi poder está aumentando. Debe ser el efecto el cometa el que está causando esto, o los rayos de neutrinos sónicos que me lanzó el doctor Cirrosis. En serio, me noto más poderos, más fuerte, pero al mismo tiempo es como si mi poder escapara a mi control.
- No - dice Batman- es que eres patoso.
Y los cinco amigos siguen conversando.
«BLA, BLA, BLA, CLING, CLING, BLA, BLA, BLA, CHAS»

*la imagen la tome prestada del X-Force nº 14 (Comics Forum, 1992, Guión de Fabian Nicieza y Arte  de Terry Shoemaker)

28/05/2012

Amalia tiene un huevo

Cuando Marcos y Paula eran pequeños pasaban parte del verano con sus abuelos. Vivían en el norte, en un pequeño pueblo, que no era un pueblo sino cuatro casas que bordeaban  una carretera y miraras por donde miraras siempre crecía una hierba verde con restos de rocío.

La abuela Eugenia y el abuelo Pepe tenían un gran terreno con dos casas. La casa vieja, que era la antigua casa familiar, y al lado la casa nueva. La casa nueva tenía las paredes remozadas y pintadas de blanco y aunque la llamaban la casa nueva, por dentro parecía nueva como de hacía cuarenta años. La casa vieja estaba llena de trastos viejos y casi nunca entraban en ella.

Además de las casas también tenían un corral. El corral era un recinto vallado por tres costados y el techo que se apoyaba sobre uno de los lados de la casa vieja.  Junto a la puerta del corral estaba la caseta de Moro, el perro, que era un agujero abierto en la pared. También estaban la Ramona, la vaca, y su ternera que se llamaba Flora, además de un toro al que llamaban "Toro" como si fuera el único toro del valle.

Marcos y Paula solían levantarse con la abuela Eugenía. Desayunaban juntos tostadas con mantequilla espolvoreada con colacao y luego la acompañaban al corral a recoger los huevos. Ellos se quedaban fuera con las manos agarradas a la verja de alambre con forma de rombo y observaban como la abuela se encorvaba para coger los huevos. Eran unas aves muy celosas y a menudo tenía que emplear la mano abierta para espantarlas. Estaban la María, Manuela, Margarita, Marina y Amalia. María era una gallina de corral. Tenía el pico carcomido por el paso de los años y su cresta era de un rojo pálido, rosáceo. Le faltaban casi todas las plumas del la cola. El paso de los años, le habían dado a María cierta corpulencia así que aunque uno no hablara gallina, cuando la veía con las otras sabía que María era la gallina dominante, la gallina que mandaba. Manuela era como una versión juvenil de María, con todas sus plumas de un color marrón y rojo intenso y nunca se separaba de su lado. Luego estaba Margarita que era una gallina americana y tenía la mitad de sus plumas de color negro. Después Marina y finalmente Amalia.

La abuela Eugenia recogía uno por uno los huevos. Los de María, Manuela, Margarita y Marina. Amalia era la más rezagada, podías ver como apuraba los últimos instantes hasta que Eugenia se acercaba a su cajón, agitaba las alas, y soltaba un picotazo. Eugenia por costumbre insistía hasta que Amalia se alejaba dubitativa para incorporarse a la habitual procesión por el corral con María comandándolas a todas.

María picaba el suelo polvoriento, cogía sobre todo granos de trigo y de vez en cuando algo de maíz. Justo detrás de María siempre iba Manuela, repasaba el suelo, barriendo con el pico de izquierda a derecha como el parabrisas de un coche. Se movían de punta a punta del corral haciendo eses, siempre con María al frente sin que ninguna osara adelantarse. Amalia siempre iba la última. Solía estirar el cuello hacía arriba como si estuviera absorta mirando al cielo. Luego se daba cuenta de que se había quedado atrás y volvía el cuello hacía abajo en busca de algún grano que las otras aves hubieran dejado atrás.

Marcos y Paula veían como cada mañana la abuela Eugenia recogía todos los huevos hasta llegar al cajón de Amalia. Amalia se mostraba nerviosa, miraba repetidamente a la abuela y apretaba el trasero contra el cajón con fuerza. Pero el resultado siempre era el mismo: su cajón estaba vacío.

Marcos y Paula empezaron a jugar a un juego con la abuela. Trataban de adivinar qué día Amalia pondría huevos. El que acertara tomaría helado de postre y para merendar. Marcos y Paula siempre decían que sería aquella mañana mientras que la abuela algunas veces decía ese día y otras que lo haría la mañana siguiente. Por supuesto ninguno de los tres acertaba nunca.

Amalia debió de oír algo de todo aquello porque empezó a pasar más rato del habitual en su cajón, o puede que simplemente empezaba a estar impaciente. Muchas tardes Marcos y Paula iban al corral y la miraban esperar. Amalia doblaba sus patas delicadamente, se posaba encima del cajón y apretaba sus plumas contra la paja. Podía pasarse horas así. Luego, de vez en cuando se levantaba y estiraba el cuello hacía dentro, con aquel gesto tan suyo que ninguna de las otras aves era capaz de hacer, en busca de algo que nunca aparecía.

Marcos y Paula seguían jugando al juego. Un día estaban merendando con la abuela en la cocina cuando entró el abuelo.  Tal y como hacía con todo el mundo últimamente, Paula le preguntó al abuelo si quería adivinar cuándo Amalia pondría huevos «si lo aciertas podrás tomar helado de postre y para merendar» añadió. A continuación el abuelo miró a la abuela, Marcos pudo ver como la abuela le devolvía el gesto al abuelo y sonreía brevemente. Entonces el abuelo se dirigió a la nevera. Abrió el congelador y cogió una tarrinita de helado de chocolate y vainilla. Se sentó con Marcos y Paula. Levantó la tapa de su tarrina, separó la cucharita de plástico que venía adherida y dio varias cucharadas al helado empezando por la parte de vainilla. Marcos iba a decir algo pero el abuelo lo interrumpió: «Nunca, Amalia no es una gallina»

La abuela sacó dos tarrinas más y les explicó la historia de Amalia. Poco antes de nacer Marcos y Paula, Amalia apareció por el terreno. Pensaban que se habría escapado de alguna casa cercana, preguntaron a varios vecinos pero ninguno sabía nada de aquel ave. Tenía una cresta de plumas amarillas, un pico oscuro, el plumaje blanco y oscuro y las patas largas y delicadas como las de una cigüeña. Llamaron al veterinario y les dijo que no era una cigüeña, tampoco una gallina, era algo así como una grulla, «una grulla gris real». Al abuelo le daba igual lo que fuera, el animal le era simpático y como nadie lo reclamaba decidió quedárselo. Un día se encontraron a Amalia mirando el corral de las gallinas, bastó que la abuela le abriera la portezuela para que entrara sola. Le hicieron un cajón a su medida como al resto de las gallinas y no tardó en integrarse como una más.

29/04/2012

El Gran Bazar Oriental

Al mismo tiempo que ponía el agua a hervir cogió una sartén. Puso una cucharada de aceite y cocinó a fuego a muy bajo el calabacín cortado en rodajas. Después de unos minutos también añadió la cebolla. Los macarrones ya llevaban varios minutos hirviendo, fue en ese momento cuando se acordó de que se había dejado los tupperwares en casa de su madre. Retiró los macarrones de la olla y los dejó en el escurridor.
Bajó a la calle y se dirigió a un a tienda al final de la manzana cuyo rótulo rezaba «Gran Bazar Oriental». Era la clase de tienda donde uno encontraba multitud de artículos de dudosa calidad a buen precio. Compró un tupper de plástico blanco opaco y volvió rápidamente a casa.
Cuando entró en la cocina los macarrones aún estaban calientes. Abrió el tupper para verterlos per no pudo. Dentro había un sobre de color rosa con estampados de Mickey Mouse y escrito en el dorso «A quién lo encuentre», era una carta. La retiró con cuidado, lavó el tupper, vació dentro el escurridor, mezcló los macarrones con el calabacín pochado y espolvoreó un poco de pimienta molida. Por último cortó dos porciones muy gruesas de queso de rulo de cabra y las añadió a la mezcla. Cerró el recipiente y dejó que el queso se fundiera con el calor que desprendía todo.
Más tarde, cuando ya hubo recogido la cocina se sentó en el sofá y empezó a leer la misteriosa carta que había encontrado:

«A quién encuentre esto:
Me llamo Javier Ibáñez López DNI 36656427, trabajo como auxiliar de biblioteca en la facultad de la Universidad Carlos IV gestionando el catálogo de filosofía y letras. Vivo en la calle Ramón Turró, en el número 4, es un entresuelo sin ventanas a la calle, no es muy luminoso pero a cambio pagamos un alquiler muy bajo.
Si alguien encuentra esta carta que le diga a mi mujer que estoy vivo, que me encuentro bien, o mejor, que le diga que me tocó la lotería y que huí a un país sudamericano para gastarme el dinero en mulatas y en drogas. Prefiero esa historia a que trate de entender lo que realmente me ha ocurrido.
Vine a esta tienda en busca de un desatascador para el desagüe de la ducha, uno de estos de goma que son como una ventosa. No he podido salir desde entonces.
La primera vez que entré, lo recuerdo bien porque he tratado de volver sobre mis pasos incontables veces, enfilé un pasillo en el que en sus estantes se apilaban ceniceros a cada cual más hortera: metálicos, de barro, con duendes esculpidos, con duendes esculpidos pintados con purpurina, con dragones, con payasos, con payasos llorando, con mimos, así hasta llegar a la esquina. Al final del pasillo había un obertura en la pared y desde allí se accedía a otra habitación parecida cuyas estanterías metálicas con objetos apilados sin sentido se sucedían en el mismo orden. Cuando ya llevaba varios pasillo recorridos deambulando entre los más variopintos objetos, uno de los propietarios de origen asiático me indicó que los desatascadores estaban en la siguiente sala. No los encontré en la siguiente sala pero después de eso fui incapaz de volver sobre mis pasos y encontrar la salida. Desde aquel día camino sin fin por estas estanterías.
He estado semanas recorriendo pasillos llenos orinales de plástico con todas las formas de los animales del zoo. Duermo resguardado en alfombras de nylon, me alimento de zumos de frutas exóticas y chocolatinas cuyos ingredientes están escritos en un idioma que no entiendo. A falta de lavadora, empecé a vestirme con lo que encontraba por aquí. A veces la ropa interior pica un poco pero después de las primeras ampollas la piel se acostumbra al acrílico. El resto de detalles no a voy a explicarlos pero uno puede imaginárselos fácilmente.
Aquí uno pierde la noción del tiempo. Aunque hay infinitos pasillos con relojes de formas que harían las delicias de cualquier abuela del extraradio todos indican una hora distinta. La luz tampoco ayuda mucho. Los luz fluorescentes del techo nunca se apagan. No sé cuando es de noche y tampoco sé cuando es de día, así que normalmente cuento el tiempo con un temporizador de cocina con forma de pavo asado capaz de descontar 12 horas seguidas.
Pese a todo esto nunca he pasado hambre ni frío. Si quisiera tampoco me aburriría, hay estantes repletos de libretos de pasatiempos, de puzzles, de juguetes, máquinas matamarcianos, balones de plástico... En cierto modo el gran bazar me proporciona todo lo que necesito, me alimenta, me arropa, me protege y me aísla del mundo como si de un nuevo jardín del edén manufacturado en china se tratara. Pero yo ansío salir.
He hecho marcas en el suelo, he tratado no perderme atando una cuerda, pero todo ha sido en vano. Hasta donde he podido discernir la tienda se expande de manera continua según salas rectangulares idénticas con doce pasillos cada una. Cada pasillo está compuesto por estanterías de doce renglones. Hay un marco en cada una de las cuatro de las paredes de la sala que comunica con la siguiente sala. Estos marcos siempre se encuentran encajados en las estanterías y su lugar a lo largo de la pared varía de una sala a otra de modo que su disposición en la sala nunca es simétrica. Además tengo la sospecha que cuando duermo los pasillos se reordenan a mi alrededor como hileras de un cubo de rubik de imitación de los muchos que abundan por aquí.
Por supuesto que he tratado de pedir ayuda, que nadie crea lo contrario. Al principio la pedía a los dependientes de origen asiático, pero sus indicaciones aunque aparentemente esclarecedoras, no hacían si no que perderme aún más. Después empecé a preguntar por la salida a otros compradores que había por aquí pero sus indicaciones tampoco dieron resultado. Luego hubo un tiempo en que parecía que las únicas personas que entraban en la tienda eran turistas que hablaban otros idiomas. Al principio hablaban inglés, francés, italiano, luego servocroata, sueco y una ristra de idiomas ininteligibles, que me hizo empezar a considerar la posibilidad que la tienda se expandiera en el espacio a lo largo de todos los continentes.
Me mantiene cuerdo la esperanza de hallar algún día la salida y salir de mi particular prisión. Esta carta es un mensaje en una botella, un mensaje en un tupper, es mi último aliento entre tanta manufactura asiática. A quién la encuentre le pido envíe  a buscarme un equipo de espeleólogos en combinación con un de marines equipados con gps y sónar. Y si no me encuentran simplemente díganle a los míos que yo sólo quería arreglar el desague y que siempre los quise.


Atentamente
Javier

Algún día del año 2042»